10 ideas para orientar el debate sobre IA y sector cultural

En los últimos meses, el papel de la inteligencia artificial en el arte y la cultura se ha convertido en un tema recurrente en las conversaciones entre artistas, gestores culturales y ciudadanía interesada. Sin embargo, estos debates suelen adquirir un tono moralizador y formularse desde posiciones más reactivas que analíticas, poco útiles a la hora de orientar la acción.

El rechazo frontal puede ofrecer una sensación de protección inmediata, pero a medio y largo plazo debilita al sector porque oculta una realidad ya presente. El entusiasmo acrítico, por su parte, tiende a invisibilizar problemas que es necesario abordar para evitar un debilitamiento del sector. Entre un extremo y otro se añade a menudo una posición marcada por la falta de conocimiento y de comprensión del fenómeno.

Para contribuir a superar esta situación, presentamos a continuación un conjunto de reflexiones fruto de nuestro trabajo en proyectos con el Observatorio Vasco de la Cultura, la Dirección General de Innovación y Cultura Digital del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya y, más recientemente, con el CoNCA.

Imatge descriptiva de l'entrada sobre intel·ligència artificial aplicada a l'art i el sector cultural

1. Impacto heterogéneo: tareas instrumentales y núcleo creativo

Una primera idea para iniciar la reflexión es que el impacto de la IA no es homogéneo, porque el sector cultural tampoco lo es. No afecta por igual a todos los subsectores ni a todos los eslabones de la cadena de valor.

Esto permite introducir una primera distinción clave: no es lo mismo la automatización de tareas auxiliares o periféricas que la irrupción de la IA en tareas centrales, aquellas que concentran valor simbólico y sentido profesional.

Cuando la IA acelera procesos instrumentales, a menudo se percibe como una herramienta útil. Cuando entra en el núcleo creativo, es cuando aparecen las tensiones de fondo.

2. Pequeños y grandes: no es lo mismo ampliar capacidades que reestructurar el mercado

En este punto, el debate sobre IA y cultura debe partir de una distinción básica: no es equivalente el uso de estas herramientas por parte de un creador individual, un profesional autónomo o una pequeña organización cultural para ampliar capacidades, reducir tiempos de trabajo o acceder a resultados que antes quedaban fuera de su alcance, que su integración por parte de grandes empresas y plataformas para reestructurar procesos, reducir equipos, desplazar costes y escalar la producción.

El riesgo de no distinguirlo es desplazar el foco hacia el eslabón más débil de la cadena y acabar responsabilizando a aquellos agentes del sector —artistas, autónomos, microempresas o pequeñas iniciativas culturales— que pueden hacer un uso de la IA muy “defensivo” y con un impacto laboral limitado, más orientado a sostener su actividad que a reconfigurar el mercado.

Esto puede distorsionar el debate e invisibilizar allí donde la transformación adquiere una escala realmente estructural: en los actores con capacidad de infraestructura, de integración vertical y de imposición de nuevas condiciones productivas.

3. No es solo si sustituye trabajo, sino cómo lo transforma

Por eso, la cuestión no es solo si la IA sustituye o no sustituye el trabajo artístico y cultural. La transformación también opera por otras vías menos visibles pero muy profundas. Por ejemplo, a través de la reubicación del valor añadido en tareas de carácter más estratégico y conceptual, de la presión a la baja sobre honorarios y presupuestos o de la normalización de una productividad permanente.

4. La IA irrumpe en un ecosistema previamente tensionado

El riesgo no es únicamente perder empleos, sino reconfigurar las reglas del juego en un sector que ya llegaba a este momento con precariedad y con una capacidad de negociación muy limitada.

Este punto es especialmente importante: la IA irrumpe en un contexto ya precarizado, con cuestiones estructurales que la transformación digital agravó y que ahora, todavía en buena parte irresueltas, se agudizan.

5. La autoría: una cuestión filosófica, jurídica… y económica

La autoría no es solo una cuestión filosófica o jurídica; es también un mecanismo de distribución de valor. El debate filosófico y jurídico es importante para el sector en la medida en que determinar quién es el autor equivale, en gran parte, a determinar quién captura el valor de las obras. La tendencia apunta a una concentración económica en manos de los actores que controlan la infraestructura, los datos y los modelos.

6. La autoría como “orquestación”

Cuando hablamos de autoría solemos imaginar a la IA como creadora única de la obra, de principio a fin, y como responsable del conjunto del resultado. Sin embargo, una de las transformaciones que se ha acentuado con la IA es la de la autoría como “orquestación”: la idea de que la autoría no reside solo en la ejecución directa, sino también en la concepción, la dirección, la selección y la iteración de un proceso creativo asistido, en este caso por la IA.

Esto desplaza el valor de la autoría hacia otro tipo de capacidad, poniendo más énfasis en la formulación de una intención, en la aportación de conocimiento profundo, criterio y decisión sobre el resultado.

Sin embargo, es una idea difícil de trasladar normativamente, porque cuesta establecer cuándo la intervención humana es lo suficientemente sustantiva como para justificar el reconocimiento de autoría.

7. No solo se debate sobre el valor económico: también sobre el valor cultural

La preocupación no tiene que ver solo con el valor económico, sino también con el valor propiamente cultural. Existe un riesgo real: la dilución del valor cultural. Esto puede observarse en fenómenos ya visibles como la convergencia estética, la saturación de contenidos, la pérdida de singularidad o la disminución de la profundidad.

Esto puede agravarse en la medida en que la IA se retroalimenta de unos contenidos en circulación en los que el peso de los materiales generados por la propia IA tenderá a crecer, con el riesgo de un empobrecimiento acumulativo.

Yendo más allá, la cuestión de la IA y la cultura no afecta solo a la creación, sino también a la distribución, la prescripción y el descubrimiento cultural. El valor cultural también se juega en la recomendación algorítmica, la jerarquización de contenidos y la curaduría automatizada: quién aparece y circula o quién queda en la sombra.

Es a partir de estos puntos que el debate sobre IA y cultura, pensado inicialmente desde una mirada sectorial, conecta con una mirada más amplia, de carácter antropológico. La cuestión pasa a ser relevante no solo para el sector cultural, sino para el conjunto de la sociedad.

8. El lugar de las lenguas y las culturas propias

En la reflexión sobre el valor cultural en el contexto de la IA aparece una derivada vinculada a una dimensión adicional que afecta a aquellas comunidades culturales y lingüísticas que no ocupan una posición central en los grandes ecosistemas digitales, como el catalán, el euskera o el gallego: la presencia de las lenguas, la historia y los referentes culturales propios en el entrenamiento de las IA.

No se trata de un detalle identitario accesorio. Tiene que ver con la calidad de los resultados, con la reducción de sesgos y errores, y también con la capacidad de preservar la pluralidad cultural en un ecosistema dominado por infraestructuras globales.

En este contexto, el concepto de soberanía cultural adquiere una importancia nueva frente a la tendencia homogeneizadora que impulsan los principales modelos de IA de propósito general.

9. No es “la IA”, son “las IA”

A menudo debatimos sobre “la IA” como si se tratara de un fenómeno único, homogéneo e indiferenciado, cuando en realidad existen múltiples herramientas, modelos, usos y lógicas de implantación. No es lo mismo hablar de grandes modelos generativos de propósito general que de sistemas especializados, herramientas de apoyo a tareas concretas o aplicaciones desarrolladas en entornos más acotados.

Esta distinción es importante porque tiende a quedar oculta bajo un relato demasiado global, que a menudo proyecta sobre cualquier uso de la IA los riesgos asociados a los modelos más expansivos, extractivos y concentradores.

Pensar en plural permite afinar mejor el diagnóstico: no todas las IA generan los mismos impactos sobre el trabajo, la autoría, la calidad cultural o la dependencia tecnológica.

Tampoco plantean los mismos retos en términos de regulación, gobernanza o soberanía. Hablar de “las IA” ayuda, por tanto, a desplazar el debate desde una abstracción tecnológica hacia un análisis más concreto de qué herramientas se utilizan, con qué finalidades, bajo qué condiciones y con qué efectos sobre el sector cultural.

10. Cambiar la pregunta: comprender mejor para intervenir con criterio

Todo ello obliga a cambiar la pregunta. El futuro de la cultura en relación con la IA no depende solo de lo que la tecnología puede hacer, sino de quién la controla, con qué reglas, con qué arquitectura institucional y con qué capacidad de respuesta colectiva por parte del sector. El debate de fondo no es si la IA entrará en la cultura —porque ya está en ella—, sino en qué condiciones lo hará y si el sector cultural será capaz de pasar de una posición defensiva a una posición propositiva.

En este sentido, el reto no es tomar partido en abstracto sobre la IA, sino comprender mejor el fenómeno para poder intervenir en él con criterio. En cultura, esto significa desplazar el debate hacia las condiciones materiales e institucionales de la transformación: cómo se redistribuye el valor, cómo se reorganiza el trabajo, quién controla las infraestructuras y qué capacidad tiene el sector para incidir en las reglas del juego.

Además, una parte importante del debate no pasa únicamente por las grandes leyes o por las decisiones de los grandes actores tecnológicos. Equipamientos e instituciones culturales de todo tipo, administraciones, asociaciones profesionales y organismos de apoyo a la cultura no son solo espacios que deben reaccionar ante la transformación: también pueden contribuir a orientarla.

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